Hace algún tiempo sigo a Enrique Dans un bloguero español que tiene una mirada muy particular sobre la actualidad y sobre los avances tecnológicos. Los invito a que compartan una de sus publicaciones que permiten contemplar las medidas que adoptan otros países en cuanto a la seguridad ciudadana en este caso.

La policía de Singapur anuncia el despliegue de dos robots, llamados Xavier, en las calles de la ciudad-estado, destinados a detectar lo que definen como comportamientos sociales indeseables, tales como el fumar en áreas no permitidas, la venta callejera, o la violación de las restricciones de proximidad derivadas de la pandemia. Los robots reportarán esos comportamientos que violen las normas a un panel de control central en manos de la policía, y mostrarán a los presentes mensajes informativos relacionados con ellas.

El despliegue, aún en pruebas, durará tres semanas, y sigue a otros experimentos anteriores, tales como el uso del conocido robot cuadrúpedo Spot, de Boston Dynamics, para vigilar las restricciones de distancia de seguridad en parques y jardines, los robots desplegados en hospitales para llevar a cabo tareas de desinfección, o los robots courier encargados de hacer envíos a domicilio.

Los experimentos del gobierno de Singapur permiten imaginar un futuro en el que cruzarse con un robot en una ciudad forme parte de la rutina habitual, del mismo modo que hoy ocurre cuando te cruzas con un agente de policía, pero generando una mayor escalabilidad y automatización de esas tareas de vigilancia. La gran pregunta, obviamente, es hasta qué punto son este tipo de medidas de vigilancia automatizada aceptables por parte de los ciudadanos: en muchos sentidos, lo que el ciudadano desea es que se respeten unas ciertas normas de convivencia entendidas como un consenso, y el hecho de que la vigilancia de esas normas la lleven a cabo agentes de policía o robots podría ser visto como indiferente. Sin embargo, los robots, en gran medida debido a la novedad de su uso o a su capacidad para grabar y enviar esos comportamientos, provocan todavía una sensación distópica que los agentes de policía no suelen generar, y tienden a resultar polémicos.

¿Están justificadas ese tipo de reacciones de aversión de los ciudadanos al uso de robots para vigilar el cumplimiento de las normas, o se trata simplemente de un problema derivado de la falta de familiaridad con ese tipo de tecnología? Si entendemos la convivencia social como un contrato que dicta una serie de normas, ¿debemos considerar que el uso de tecnologías como los robots para garantizarlas está más allá de los límites de lo socialmente aceptable, o es simplemente una extensión más del trabajo de los agentes de la ley, y por tanto tan aceptable como el que haya policías patrullando la calle de manera rutinaria, o cámaras monitorizadas en todos los rincones de la vía pública? Cuando comenzó su uso hace algunas décadas, las cámaras de monitorización estuvieron sujetas a cierta polémica, que en la mayor parte de los casos parece haberse normalizado, posiblemente con la posible excepción de su uso combinado con tecnologías de reconocimiento facial. ¿Hay una gran diferencia entre que nuestras ciudades estén erizadas de cámaras, y que esas cámaras vayan montadas sobre un dispositivo dotado de cierta movilidad?

¿Verán las futuras generaciones de ciudadanos el uso de robots en las calles como algo perfectamente aceptable, como una parte del paisaje urbano destinada a asegurar una convivencia social razonable? ¿O serán vistos como armas de vigilancia o instrumentos de monitorización constante en el contexto de una sociedad policial? ¿Es esa aceptación dependiente de cómo de garantista sea la sociedad en cuestión, o resulta un uso ofensivo o polémico en cualquier sitio? ¿Estamos ante un futuro que se anuncia a sí mismo y que simplemente se normalizará con el tiempo y la costumbre, o ante una ruptura del contrato social que torna nuestras sociedades en entornos de constante e inaceptable vigilancia?